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14
Dic

Sophia Online: Dar el gran paso hacia la solidaridad

Cristina Sánchez, la presidenta de la Fundación Corriente Cálida Humanística (CCH) -un grupo de acción que realiza cruzadas solidarias en los parajes alejados del Chaco profundo- nos comparte una historia de ayuda y amor, en primera persona.

“En casa, ayudar al otro era algo de todos los días. Mis padres siempre encontraban la manera de hacer algo por los demás: traían gente inundada de la zona, les conseguían ropa y útiles a los hijos de otras familias. Eran los vecinos atentos a dar una mano. Crecí con ese ánimo solidario. Ya en el colegio, de la mano de grupos parroquiales, recorría los barrios del oeste del conurbano bonaerense organizando redes de ayuda para las zonas carenciadas de La Matanza y Morón.

A los 23 años fui mamá. Siempre inquieta, estudié Counseling y comencé a dar talleres de desarrollo personal. Fue así como tomé contacto con la realidad del norte argentino, cuando un egresado de mi taller organizó un viaje para ayudar a las comunidades originarias. En 2008 viajé por primera vez y lo que vi me dejó marcada para siempre.

Cuando estás cara a cara con los originarios, tu vida nunca más vuelve a ser la que era. Quienes vivimos en otras zonas del país no tenemos idea de lo que es la realidad de esos pueblos. La gente muriéndose de hambre, los chicos enfermos, envejecidos, porque padecen enfermedades que no saben cómo curar.

Solo ahí se comprende cuán urgentes son sus necesidades. Yo había visto sus precarias condiciones de vida en fotos y videos, pero ponerles el cuerpo es otra cosa. Son parajes que están a 300 kilómetros al norte del Impenetrable, hasta donde la ayuda no llega porque es una zona de difícil acceso. Lo más impactante fue que me pidieran “por favor” agua.

Al volver empecé la campaña. “Tenemos una urgencia, pidan ayuda a su familia y a sus amigos, formemos una red”, les dije a todos mis conocidos. Fue maravilloso ver a familias enteras trayendo cosas, tanto amor.

El Chaco profundo era un territorio olvidado y estábamos decididos a cambiar esa realidad. Llevábamos camiones repletos, pero cuando bajábamos a entregar las donaciones, los pobladores nos decían que no, porque no tenían plata para pagarlas. No podían creer que fuera ayuda desinteresada y preguntaban: “¿Los mandó Dios?”. Agradecían, sí, pero también nos explicaban que necesitaban más que eso, y que si alguna vez volvíamos, les lleváramos herramientas para trabajar. Ellos, a orillas del río, no tenían con qué ponerse a cultivar la tierra para darles de comer a sus hijos. Entonces comprendimos que para brindar soluciones, antes debíamos escucharlos y no dejarnos llevar por nuestras propias creencias. Me quedé un tiempo ahí para aprender, ganar su confianza y conocerlos en profundidad.

Así me enteré de que en ese mismo lugar también habitaban criollos en condiciones muy precarias, pero enfrentados a los originarios por históricas rivalidades. Tanto, que no querían permitir que los ayudáramos también. Al principio fue como una guerra y había tal necesidad que, cuando les dábamos algo a unos, los otros atacaban y peleaban por el agua y los alimentos. Fue muy triste verlo. Pero me reuní con el cacique y le hablé del sentido de integración; le expliqué que éramos una fundación que estaba comprometida con las necesidades del otro, fuera poblador originario o no. Cuando comprendieron que lo que llevábamos alcanzaba para todos, se calmaron.

Muchos chicos recibieron por primera vez un par de zapatillas y lloraron. ¿Cómo no emocionarse con ellos? No tenían útiles ni juguetes, jugaban con barro. Las voluntarias rubias y los alfajores los asustaban: el brillo del papel, el ruido al abrirlos… Los ancianos conocieron los chupetines, entre risas.

Al comenzar el trabajo en el norte sentí que tenía dos opciones: agradecer que me hubieran recibido y no volver más, o comprometerme. No había una tercera posibilidad. Y claro que no pude ser indiferente: volví una y otra vez, junto a decenas de voluntarios, en una gran corriente cálida que iba desplegando su enorme tarea solidaria, como un abrazo.

Hoy llevamos ocho años de trabajo y resultó ser algo enorme. Me encuentro con una comunidad organizada, con el empeño por el trabajo comunitario, con la unión de unos y otros por el bien de todos. Escucharlos fue la clave: yo les preguntaba si necesitaban sala de primeros auxilios y ni medicamentos tenían. “Preferimos un salón, un centro comunitario para que nos podamos reunir y ayudarnos”, me dijo el cacique Mario. Días atrás terminamos la obra de ese espacio que es de diálogo y debate, donde los ancianos pueden hablar con los más jóvenes y continuar la cultura wichi, y donde se pueden aprender oficios. Allí mismo, poco a poco, vamos construyendo la integración con los criollos y el desafío es que la solidaridad se refuerce también en ellos.

Por eso les explico que todo lo que les damos viene de parte de mucha gente buena, porque no tenemos ayuda del gobierno provincial ni nacional, ni bandera política. Mi corazón estalla cuando pienso que hay una comunidad que sigue teniendo problemas, pero recibe el apoyo desinteresado de tantas familias. Son los voluntarios quienes lo hacen posible: arman colectas por los barrios, embalan, etiquetan, abonando con sus propias manos un terreno fértil donde antes no había más que olvido y desolación.

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Los originarios son muy agradecidos. Al principio no querían que nos acercáramos; ahora gritan: “¡Un abrazo!” y me abrazan bien fuerte. Siempre tuve mucha fe, pero igual me parece mentira lo que logramos. Hoy mi alma está llena de grandeza y sé que no existen los límites ni los imposibles, porque dando el primer paso se abren todos los caminos de la solidaridad. La clave es salir de la inacción y dejarse sorprender, tomar fuerza en la adversidad. Todo esto es lo más mágico que me ha tocado vivir”.

 

Fuente: http://www.sophiaonline.com.ar/solidaridad-chaco-corriente-calida-humanistica/

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