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30
Nov

Clarín: Una semana de dar y recibir, con los mapuches en tierra patagónica

Cada tanto se escucha el vuelo de un ave típica, que quiebra el silencio profundo de la zona, donde ahí nomás se distingue luminosa, la Cordillera de los Andes. En el paraje Pampa de Mallín Ahogado, a 22 kilómetros de El Bolsón, sus pobladores, casi todos mapuches, tienen necesidades insatisfechas, una vida rutinaria y sueños incumplidos. Pero sobre todo, se sienten olvidados. “Puel, puel, puel/Purrum de las luces buenas/La fe y el calor del sol y la vida/Puel, puel, puel/De allá se cierra la herida/Morena india del vientre/Pleno de sangre y calor/Hacia el Este hay que parir/Porque viene la vida, con el sol…”, resuena y se escucha este lonkomeo (folklore mapuche) de uno de los artistas preferidos de la comunidad, Marcelo Berbel.

En verdad, el sol efectivamente aparece con mucha fuerza y los rostros de sus habitantes reflejan esa realidad, con su piel curtida. De pronto, pleno noviembre, con un frío apropiado más para el invierno que para la primavera, aparece un camión y un par de camionetas y nadie imagina que pronto llegaría algo de felicidad al pueblo. Reiteradas promesas incumplidas del mundo político, hicieron que los mapuches se concentren en su dificultosa pero firme realidad y eludan un escenario imaginario que pueda frustrarlos una vez más.  Una entidad sin fines de lucro de la localidad de Morón, Buenos Aires, llamada Fundación Corriente Cálida Humanística llega con toneladas de donaciones para ellos. “Nosotros no tenemos ninguna bandera política”, les explica la presidenta honoraria, Cristina Sánchez, a un nutrido grupo que se acercó a recibirlos. Los aplausos inmediatos hablaron por sí solos.

La ayuda llegó porque la Fundación quedó conmovida con la carta de un mapuche que llegó a su sede. Allí comprendieron que la gente de la zona vive prácticamente aislada, por el anegamiento de los caminos y la falta de transporte, con desabastecimiento de agua (por el deterioro del sistema de aprovisionamiento desde Laguna Verde, en el Cerro Saturnino), elemental para el trabajo con el ganado y la siembra. Entonces desde el oeste se elaboró una “Cruzada” por ellos y además de recibir donaciones de particulares, fueron por más y trajeron bicicletas con cambios y las mangueras necesarias para que fluya el agua a todas las casas. Y a la lista se suma: herramientas, colchones, calzado, útiles escolares y ropa de abrigo.

Marcela Gómez hace trece años que es la directora de la Escuela Río de los Sauces,  de Pampa de Mallín Ahogado, donde casi todos sus cien alumnos son mapuches. Allí todas las mañanas izan dos banderas: la argentina y la de la citada comunidad originaria. Ella confeccionó prolijamente el censo para que la Fundación pudiera llegar a los más necesitados e incluso a las casas más alejadas. Se priorizó, dice, a los que tienen chicos escolarizados. Pero también fueron a adultos perdidos en la montaña. “Nos trajeron también kits escolares con cuadernos, lápices y otros artículos y ya los repartimos –cuenta orgullosa. Acá no tenemos casi asistencia, el toner de la impresora lo compro de mi bolsillo. Lo más interesante de esta ayuda es que no fue beneficencia sino que trajeron elementos fundamentales para que la gente trabaje. Con las bicicletas ahora muchos podrán buscar un trabajo y otros chicos llegarán a la escuela para las actividades que hacemos a la tarde”. Es que, fuera del horario escolar, son pocos los que llegan por sus propios medios y no pueden entonces aprovechar los talleres de fútbol callejero, música, arte, utilización de la mosqueta, cerámica, conservación de alimentos, panadería y hasta kung fu. Los colectivos pasan en un horario muy reducido, por caminos complejos de montaña.

Los voluntarios de la Fundación hicieron una primera recorrida por una parte del lugar y la primera tarea fue entregar mucho de lo que se juntó a la zona más baja del circuito del Mallín donde hay un grupo de familias viviendo en precarias casas, con bastante distancia una de otra. Los techos son de chapa o de teja, no tienen vidrios, apenas un nylon para tapar y cubrirse, como pueden, del frío. Son mapuches que viven de las huertas, los cultivos y los bordes de las ventanas están rellenados con cartón. Todos se sorprenden: los pobladores por la visita inesperada y los voluntarios por la enorme calidez de la gente, que los invitan a tomar mate o comer torta frita, como un ritual que se irá repitiendo a lo largo de los días. “¿Qué tenemos que hacer ahora?”, pregunta una señora creyendo que lo que acaba de recibir implica una promesa o actitud de su parte (votar a algún político en una elección, por ejemplo, según ellos mismos cuentan una y otra vez).

Florencia Nahuelpan, testigo de esta situación, es también mapuche y estudia en la escuela, en el espacio que hay para los adultos. “Lo hago para saber contar dinero porque, por ahí, la gente te embrolla cuando vas a comprar”, afirma con lágrimas en los ojos. Viuda y con seis hijos, busca fuerza en una iglesia evangélica de la zona, a unos cuantos kilómetros de su pequeña casa. “Estamos felices de esta ayuda, porque ahora con las mangueras que trajeron voy a tener agua para trabajar mi huerta”, sonríe.

Cristina Sánchez, acostumbrada a hacer “cruzadas” a favor de los wichís en El Impenetrable chaqueño, no deja de sorprenderse por la calidez y sabiduría de la gente de Pampa de Mallín. En septiembre pasado fue personalmente junto a Silvia, otra voluntaria,  a conocer la zona para entender en forma directa sobre las necesidades. “Son comunidades dispersas, con una geografía muy particular y de accesos difíciles a las viviendas. Por eso me sorprendió también que dos integrantes mujeres de las comunidades (Teresa Inalef y Luisa Carrasco) nos acompañaron durante días oficiando de guías señalando accesos y atajos en los cerros participando solidariamente con alegría. Ellos mantienen objetivos comunitarios comunes que responden a necesidades no resueltas: el vínculo,  los lazos y la solidaridad entre las familias son signos que los describen”. Mientras, Juan Bautista Solmonese, otro voluntario, se ocupa de buscar la mejor luz para retratar fotográficamente el trabajo que están realizando y cuenta su primera impresión: “La gente es muy digna. Vas a darle lo que necesitan y ellos lo aceptan pero enseguida te dicen que ya es suficiente, que vayas a otra casa lejana porque están peor que ellos”. Mientras otros voluntarios, como Sol y Guille, apuran en cargar cajas debidamente rotuladas, mira todo de cerca Don Justo Pose, el jefe de la comunidad Neguenche, que junto con Telke Mapu, fueron las beneficiadas por esta visita solidaria. “A veces no somos escuchados y todo nos cuesta mucho.  Somos productores, pobladores, no podemos andar golpeando puertas. Deberían apoyarnos desde los gobiernos pero no nos escuchan. Por ahí dicen `estos pobres mapuches no saben nada` y nos sentimos discriminados”. Respetuoso de que la lengua mapuche va perdiendo fuerza en estos tiempos, reconoce que “primero tenemos que retomar lo que hicieron nuestros ancestros, ir a los cementerios a prenderle velas a nuestros padres y abuelos. Si no hacemos eso cómo vamos a pretender que nos respeten”.

Tercer día intenso en la jornada de los voluntarios en Mallín y con las dos camionetas cuatro por cuatro se llega hasta uno de los sitios más altos a los que se puede acceder por el camino montañoso. Uno de los autos se encalla y todos empujan para salir de la situación. Hay aplausos. Más aplausos.

Es que hoy ya son 150 las familias mapuches que tendrían un día diferente y un futuro cercano más alentador. Acá nomás, muy cerca de El Bolsón y tan próximo de hectáreas millonarias, propiedad de extranjeros que andarán en otro universo, tan lejos y tan cerca de esta realidad, que a veces nadie quiere ver. O quizás porque el sol pegue muy fuerte.

Fuente: http://www.clarin.com/opinion/accion_solidaria-pueblos_originarios-voluntariado-derechos_0_1258074217.html

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