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29
Ago

Clarín: “No se puede estar bien si otros la pasan mal”

Cristina Sánchez (50), preside una fundación que organiza cruzadas para mejorar la situación de los pueblos originarios de Chacho y Rio Negro. La idea: “comprometerse con el afuera”

Cristina Sánchez (50) lidera, desde hace más de diez años, grupos de voluntarios que cumplen tareas comunitarias en comedores, hogares y geriátricos de la provincia de Buenos Aires. Desde 2007 preside la Fundación Cálida Humanística, una organización social independiente de sectores estatales o partidarios, en contacto activo con la comunidad Wichi del norte del Impenetrable chaqueño. Su vocación solidaria despertó a los 30 años, aunque hay datos para sospechar que eso ya estaba escrito en su ADN. Su infancia transcurrió en Morón. Hija de un comerciante y una ama de casa, cada tanto era testigo de algunas escenas imborrables.

La casita del fondo
“Vivíamos en un chalet que en el fondo tenía una casita, que debía haber sido para los caseros. Pero nosotros nunca tuvimos caseros. Solo, durante un tiempo, ahí vivió mi abuela. A ese lugar yo lo recuerdo como un refugio, cada vez que venía la inundación. Mucha gente tenía que abandonar todo y buscar alojamiento. Entonces, mi papá y mi mamá les abrían las puertas. Recibían a todos los que entraban. Venían familias enteras, con lo puesto. Me acuerdo de mi mamá cocinando puchero, que era lo único nutritivo que podía hacer para tanta gente. Era triste y al mismo tiempo se respiraba un clima de solidaridad que compensaba el mal momento”.

Menor de tres hermanos y madre de Santiago (27), después de separarse de su marido -su reloj ya marcaba tres décadas- Cristina “salió a buscarse”. Entonces estudio cuatro años en Holos Capital y se recibió de Consultora Psicológica. Desde hace diez años, apoyada en un enfoque gestáltico, está al frente de sus propios talleres de Desarrollo Personal.

Darse cuenta
“Darse cuenta. Ese es el objetivo de los talleres. Resolver lo que le pasa a cada uno en su aquí y su ahora. Nos concentramos en las emociones del momento y no interpretamos ni analizamos la historia personal. Buscamos alcanzar una transformación evolutiva. Y llegado cierto punto del proceso, esa transformación te lleva a entender que no sirve de nada estar bien con vos mismo si tu contexto no funciona. ¿Entonces qué? Allá afuera están pasando cosas. Hay que meterse, comprometerse. Inevitablemente, al menos para mí. Porque yo soy de las que se meten. No puedo hacerme la distraída”.

Con este sentido, Cristina extendió su tarea más allá del ámbito de los talleres. Tanto, que sobrepasó la línea de los comedores y los hogares bonaerenses -en donde aportan material y espiritualmente- hasta llegar al corazón de la selva, en el norte del Impenetrable chaqueño: “Ahí nos encontramos con los aborígenes wichis (ellos reclaman ser llamados así, aborígenes ), que viven en el olvido, aislados de todo”, describe.

El primer viaje lo hizo en 2008. Esa vez, fue a Marca Borrada, cerca de Tartagal, en el llamado “monte Chaco-salteño”. Cristina recuerda que en ese encuentro con una comunidad integrada por aborígenes y criollos contrajo un virus zonal que afectó su salud. Llegó a pesar 47 kilos y estuvo anémica, con los pulmones comprometidos. Los médicos le sugirieron no regresar a esa zona.

En el Impenetrable
Superada la enfermedad, en 2009, organizó y viajó al frente de la primera Cruzada al Impenetrable Chaqueño. Llegaron a Tres Pozos, en el partido de Sauzalito, en plena selva. “Fue una experiencia desconcertante. Aparecimos con alimentos, ropa, chapas, colchones. Ellos no comprendían que eran donaciones y trataban de hacer trueque. Estaban los wichis y los criollos. Ahí, cara a cara con ellos, empecé a escuchar, a salir de mi molde y a ver: sabía que su alimentación no era buena, pero allá vi el hambre, las enfermedades, la falta de agua. Vi como los chicos abrían un alfajor y se asustaban si los encandilaba el papel plateado. Las donaciones estaban bien, pero ellos querían herramientas para poder trabajar. Eran comunidades olvidadas. Para mí, ese contacto fue un antes y un después. No podés volver a ser el mismo. Fue otro de mis darme cuenta”.

Las cruzadas -así llaman a esas incursiones- duran más o menos una semana y las integran unos 18 voluntarios. Hasta el momento se hicieron seis, la última el 20 de julio. “Ahora estamos ampliando el mapa: en octubre saldremos hacia Río Negro, para empezar a trabajar con los mapuches. Vamos por más”, anticipa.

A cada cruzada la encabeza un camión con acoplado cargado con 70 toneladas de mercadería. “Todo se entrega en mano, censado, para saber qué dejé y a quién, para ser equitativa. Pero este es solo uno de los aspectos. No pasa todo por lo material. Los voluntarios se ocupan de generar vínculos, de establecer una corriente cálida, afectiva con el otro. Por eso, hablamos de una corriente cálida y humanística”.

Los talleres de Cristina se extendieron hasta el Impenetrable, aunque en la selva, la dinámica no se ajusta a los módulos del programa que dicta en su escuela, pero se intenta cumplir con los objetivos. “Hace dos años, en Tres Pozos, empezamos a construir un Centro de Integración Comunitaria, un lugar para que aprendan oficios y en donde puedan reunirse y dialogar sobre lo que les pasa, sobre lo que les toca vivir y cómo encontrar soluciones”.

Tres Pozos, Tartagal, El Viscacheral, Fortín Belgrano son algunas de las poblaciones wichis y criollas, sin contar otros parajes que no figuran en los mapas. “Este año voy a viajar de nuevo para ver como siguen las obras, pero la próxima cruzada la vamos a hacer recién en 2015”, dice Cristina que ya se vinculó con una comunidad mapuche de la provincia de Río Negro.

Otra cruzada
“Ellos están en una zona rural dispersa sobre el Cerro Saturnino, cerca de El Bolsón. Estamos organizar una cruzada (ver recuadro). Lo de siempre: partimos de esa idea de que nadie puede estar bien si otros la pasan mal.” Olvidados también hay aquí, reconoce Cristina, que registra, por ejemplo, a los sin casa de las veredas porteñas. No hace falta ir tan lejos si se quiere ejercitar la solidaridad. Pero ella estableció un lazo con los wichis y los mapuches. “Los pueblos originarios están más olvidados y más lejos de todo. Yo hice un trabajo personal, descubrí que podía ayudar y me conecté con los deseos de mi corazón”.

 

Fuente: http://www.clarin.com/mujer/titulo_0_1202279765.html

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